El credo del buen diseñador

 
 

Diana Lunareja es comunicadora, periodista de moda y creadora del blog vestirdesentido.com

Por: Diana Lunareja

 

Un buen diseñador tiene que hacer milagros. Tiene que convertir a los expertos y los medios en creyentes, para que impulsen cada nueva colección con elogios y reseñas positivas, para que exhiban las prendas más llamativas en reportajes, en editoriales, en blogs y redes sociales. También se necesita otro milagro, tal vez más complicado: encontrar clientes que amen las colecciones, que paguen el precio justo por cada prenda y que no pierdan la fe en lo que el diseñador promete.

En cuanto a los expertos de moda, no resulta fácil ser santo de su devoción: es necesario ser vanguardista y proponer algo que nadie más está haciendo. Para que las editoras y los críticos aplaudan con ganas en la primera fila hay que evitar las fórmulas infalibles y atreverse al rojo cuando todas las otras marcas le están rezando al azul.

Es un riesgo ir en contravía de lo que hace la competencia, porque al crear una moda diferente se pierde la atención de las masas y, aunque se mantengan generosos con sus “me gusta”, pocos están dispuestos a poner dinero donde pusieron el like. Diseñar contra la tendencia es perder montones de fans, pero también filtrar a los compradores fieles que creen, sobre todas las cosas, en la promesa de la moda innovadora. Es un camino para los más creativos, los irreverentes, los profetas de modas futuras.

                                                 Diana Lunareja, fotografía de José Luis Ruiz

Una buena clientela es un verdadero milagro y mientras unos cautivan a un puñado de seguidores con diseños de vanguardia, otros saben que su talento es ganarse a las multitudes con colecciones completamente trendy. Estudian la silueta que dicta la temporada, la producen en el momento perfecto en el que llega la tendencia y la ofrecen en tres colores —ojalá los tonos de moda—. Son reactivos, veloces y saben predicar exactamente lo que el público les pide.

En moda es más fácil vender promesas de corto plazo, como una prenda que será la sensación por unos meses aunque luego se condene a la parte de atrás del clóset porque pasó su momento. Llegarán numerosos compradores buscando esa prenda, la elegida de la temporada, y serán fieles a la tendencia, aunque tal vez no al diseñador.

La ruta de lo más trendy lleva al peligro de perder las alabanzas de los expertos y ese espacio en sus altares, sus reseñas y sus publicaciones. Si la propuesta no tiene nada de sobrenatural, no hay cómo adoctrinarlos.

Esta industria se sostiene en el equilibrio de lo que se repite hasta cansarnos y lo que rompe los ritmos. Un buen diseñador puede tomar cualquiera de estas dos rutas y ser el que impone las tendencias o el que las sigue, ningún camino menos virtuoso mientras se haga el milagro de convencer a los consumidores de que la moda todo lo puede. Algunos tienen más fe en los visionarios y otros en la promesa cómoda de los que saben mover el negocio. Sobran los sermones para orientar al comprador en la dirección correcta, mejor recordarles que existe la libertad de culto.

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